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Mons. Ocáriz: «Las puertas del Opus Dei están abiertas a todos»

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Monseñor Fernando Ocáriz (París, 1944) es la persona más cercana al prelado del Opus Dei. Publicamos una entrevista de la agencia Zenit en la que habla de la figura jurídica de la Prelatura Personal.

26 de marzo de 2008

En una entrevista a Zenit, a la luz de los primeros 25 años de la erección del Opus Dei como prelatura personal -la única del mundo-, su vicario general revela cuál es la relación de esta institución con las diócesis y explica que el a veces supuesto «poder» de «la Obra» no es otro que el derivado del Evangelio.
Monseñor Ocáriz ha recibido a Zenit en la sede de Villa Tevere en la Ciudad Eterna, donde está enterrado el fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer.

Este sacerdote es físico y teólogo. Autor de numerosas publicaciones filosóficas y teológicas, especialmente en el ámbito de la filosofía de la historia y de la cristología, desde 1986 es consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

También es miembro de la Pontificia Academia Teológica y desde el 23 de abril de 1994 es el Vicario General del Opus Dei.

–El Opus Dei nació para ayudar a los laicos en su vida normal. ¿Los laicos son parte de la prelatura del Opus Dei, o la prelatura es sólo para la parte -mínima– de sacerdotes del Opus Dei?

“San Josemaría Escrivá ha ayudado a corregir una concepción errónea de la santidad, como si fuera algo reservado para algunos «grandes». La santidad es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer que este mundo sea bueno y feliz”.

–Monseñor Ocáriz: El Opus Dei nació propiamente para difundir y recordar a todos –sacerdotes y laicos– la llamada universal a la santidad. Como enseñó san Josemaría desde 1928, esta universalidad, es decir, que Dios llama a cada persona, lleva consigo, además, que todas las circunstancias humanas honradas –el trabajo profesional, las relaciones familiares y sociales– pueden y deben ser realidad santificada y santificadora.

Como dijo el cardenal Joseph Ratzinger con motivo de la canonización del fundador del Opus Dei, el mensaje de san Josemaría Escrivá ha ayudado a corregir una concepción errónea de la santidad, como si fuera algo reservado para algunos «grandes». La santidad es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer que este mundo sea bueno y feliz.

Los laicos del Opus Dei, mujeres y hombres, casados y célibes, son parte integrante de la Prelatura, tanto como los sacerdotes que constituyen el presbiterio. La relación entre estos ministros sagrados y los fieles laicos es la propia de la Iglesia.

Al mismo tiempo, cada laico pertenece también a la Diócesis donde tiene el domicilio, como cualquier otro católico. Juan Pablo II lo recordó en diversas ocasiones, refiriéndose concretamente al Opus Dei: el sacerdocio ministerial de los clérigos y el sacerdocio común de los fieles laicos se unen y entrelazan, en unidad de vocación y de régimen para cumplir la misión evangelizadora de la Prelatura, bajo la guía de un Prelado.

–El Opus Dei es la única prelatura personal que existe actualmente. ¿Reciben consultas de instituciones eclesiales que querrían ser una prelatura personal?

–Monseñor Ocáriz: Sí, por ahora es la única prelatura personal. Sin embargo, en la Iglesia hay otras circunscripciones eclesiásticas delimitadas también por un criterio personal, para diversas necesidades pastorales.

Por ejemplo, los ordinariatos que existen en algunos países para la atención de fieles de rito oriental, los ordinariatos militares y una administración apostólica personal erigida hace unos años en Brasil.

La constitución de una prelatura personal corresponde exclusivamente a la Santa Sede; además, el Derecho Canónico prevé que para su erección se consulte a las conferencias episcopales interesadas.

Se trata de una decisión pastoral, dirigida a favorecer la misión de la Iglesia en un mundo caracterizado por la movilidad de las personas. Por ejemplo, en las Exhortaciones apostólicas post-sinodales Ecclesia in America y Ecclesia in Europa, Juan Pablo II menciona las prelaturas personales como posible solución para personas necesitadas de una peculiar atención pastoral, concretamente para grupos de emigrantes.

También es posible que, como ha sucedido en el caso del Opus Dei, la acción del Espíritu Santo, que impulsa a llevar a cabo determinadas tareas apostólicas, origine unas necesidades pastorales que requieran una estructuración en prelatura personal.

No me consta que el Opus Dei haya recibido consultas de instituciones que hayan pensado en la posibilidad de ser prelatura personal. En cambio, sí es relativamente frecuente que sean llamadas personas del Opus Dei para explicar la experiencia de la Prelatura en estos años: en congresos, jornadas de estudios, reuniones pastorales, etc.

–¿Qué hay de cierto en la supuesta independencia –o autonomía, si lo prefiere– del Opus Dei por el hecho de ser jurídicamente una prelatura personal?

–Monseñor Ocáriz: La realidad es exactamente la contraria. Erigir una prelatura significa precisamente «dependencia»: poner a una parte del pueblo cristiano en dependencia pastoral de un miembro de la jerarquía eclesiástica.

No tiene sentido hablar de independencia o autonomía pues, al contrario, el Opus Dei depende de un prelado nombrado por el Romano Pontífice.

El prelado y sus vicarios ejercen la potestad eclesiástica en comunión con los demás pastores, bajo la suprema autoridad del Papa, de acuerdo con las normas universales de la Iglesia y las normas particulares contenidas en los Estatutos que la Santa Sede ha establecido para la Prelatura.

Pienso que la experiencia de la presencia del Opus Dei en numerosísimas diócesis de los cinco continentes puede contribuir a que se comprenda, también desde un punto de vista práctico, que la novedad de las prelaturas personales, introducida por el Concilio Vaticano II, no perjudica la unidad en las Iglesias particulares, sino, al contrario, supone un servicio a éstas en la general misión evangelizadora de la Iglesia.

Como escribió Benedicto XVI al actual prelado, monseñor Echevarría, con ocasión del cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal, «cuando fomentas el afán de santidad personal y el celo apostólico de tus sacerdotes y laicos, no sólo ves crecer la grey que te ha sido confiada, sino que proporcionas un eficaz auxilio a la Iglesia en la urgente evangelización de la sociedad actual».

– ¿Es correcto decir que hay «obispos del Opus Dei»?

“A quien se acerca a una actividad apostólica promovida por la prelatura –sus puertas están abiertas a todos– se le ofrece un horizonte de vida cristiana”.

–Monseñor Ocáriz: Depende de lo que se entienda con esa frase. Cuando un sacerdote del presbiterio de la prelatura es llamado por el Santo Padre al episcopado, como ha ocurrido algunas veces, le sucede lo mismo que a cualquier sacerdote diocesano: deja de estar incardinado en la circunscripción eclesiástica de la que procede, aunque continúe recibiendo asistencia espiritual de la Prelatura. Tiene la misma condición canónica que la de cualquier otro obispo.

Como es obvio, el prelado del Opus Dei no tiene potestad alguna sobre la misión episcopal de esos obispos.

–Supongo que pensará que no existe un antes y un después en el Opus Dei a causa del fenómeno del “Código da Vinci”.

–Monseñor Ocáriz: Evidentemente, no. Suponer que esa novela pueda tener una incidencia histórica tal para determinar un antes y un después en el Opus Dei carece de sentido.

Distinto es el influjo que haya podido tener en algunas personas. Sin ignorar la desorientación que ese tipo de literatura puede provocar en algunos lectores, me consta que numerosas personas han decidido ponerse en contacto con la Prelatura y sus actividades de formación cristiana, precisamente como consecuencia de la información sobre la Obra que se dio, para contrarrestar serenamente las falsedades de ese libro.

También han sido numerosísimas las muestras de solidaridad con el Opus Dei por parte de periodistas, escritores y otras personas que han seguido más de cerca la información sobre este tema. Se ha experimentado, también con este motivo, una estupenda solidaridad eclesial: son momentos en los que se palpa que la Iglesia es familia.

–A veces se oye hablar del «poder» del Opus Dei. ¿Por qué cree que se ha generado esta imagen?

–Monseñor Ocáriz: A pesar de las limitaciones personales –ni somos ni nos consideramos «los primeros de la clase»–, Dios ha bendecido con abundantes frutos apostólicos la labor de almas del Opus Dei.

Visto humanamente, quizá eso puede parecer a algunos como expresión de «potencia» o «poder».

En realidad, la Obra es una pequeña parte de la Iglesia, y su «poder» consiste en el que de ahí le proviene: el Evangelio que -como escribe san Pablo- es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree». Los frutos de la labor de los fieles del Opus Dei los suscita el Espíritu Santo en la Iglesia y mediante la Iglesia.

A quien se acerca a una actividad apostólica promovida por la prelatura –sus puertas están abiertas a todos– se le ofrece un horizonte de vida cristiana.

Quien se acercase a la Obra buscando influencias humanas u otro tipo de bienes que no sean los espirituales, no podría resistir mucho tiempo: oiría hablar de amor a Jesucristo y a la Iglesia, de compromiso cristiano, de vida espiritual y de servicio generoso a los demás.

Por Miriam Díez i Bosch

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Concierto de piano en el Colegio Mayor Peñafiel

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El lunes 10 de marzo de 2008 a las 22.00 horas, tuvo lugar en el Colegio Mayor Peñafiel una velada de piano a cargo de Carlos Martínez López-Picazo y Manuel Angel Álvarez Casado, dos jóvenes intérpretes formados en el conservatorio manchego y madrileño, respectivamente. La primera parte se interpretaron las siguientes piezas Valse Op. 69 de Chopin; Claro de Luna de Debussy; el Nocturno Op. 72 Nº 1 de Chopin, el Romance Sans Paroles Op. 17 Nº 3 (Faure) y una obra compuesta por el propio intérprete Carlos Martínez.

La segunda parte corrió a cargo de Manuel Ángel Álvarez que interpretó Moonlight Sonata, First Movement, Op. 27 Nº 2 de Beethoven; Aragonaise de Massenet; Malagueña de Albéniz; Sacro-Monte de Turina y la banda sonora de la película Titanic.

Foro Univ 2008 en el Colegio Mayor Peñafiel

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El pasado sábado día 1 de marzo tuvo lugar en el Colegio Mayor Peñafiel la fase local del Foro Univ 2008, «Ser, aparecer, comunicar: entretenimiento y felicidad en la sociedad multimedia».

El Foro Univ es un Congreso universitario que pretende erigirse en un foro de diálogo sobre las principales cuestiones que afectan a la persona y a la sociedad de nuestro tiempo. Un punto de encuentro para la comunicación y el debate universitario. Creado en 1968, cuenta ya con 40 ediciones.

Con esta iniciativa se quiere sensibilizar a los universitarios para que sean capaces de valorar los años de estudio universitario como un tiempo no sólo de aprendizaje intelectual, sino también de compromiso personal en la mejora de la sociedad.

A la cita del pasado sábado acudieron una treintena de universitarios procedentes de las Universidades de Oviedo, Burgos y Valladolid, los cuales presentaron diversas comunicaciones centradas en aspectos tan variados, entre otros, como las perspectivas económicas de las nuevas tecnologías o las redes sociales en Internet.

Un Comité Científico interdisciplinar formado por varios profesores universitarios dará a conocer a lo largo de esta semana su fallo sobre las comunicaciones seleccionadas para ser expuestas y defendidas en la Fase Final del Foro Univ 2008, que se celebrará en Roma del 15 al 23 de marzo de 2008.

Jutta Burggraf: “El hombre, hoy como antes, se deja fascinar por el mensaje cristiano”

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Jutta Burggraf es profesora de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Ha participado recientemente en Valladolid en un Ciclo de Conferencias sobre la Familia. Su conferencia versó sobre la ideología de género.  En esta entrevista aborda temas de gran interés en la actualidad.

¿La creciente presencia de musulmanes en Europa no es un peligro para la fe de los cristianos europeos?

Efectivamente, muchos europeos han dejado de lado sus creencias cristianas, incluso las más elementales. Recuerdo un artículo de una revista alemana que afirmó: “Sólo 60% de los católicos creen en la existencia de Dios.” ¿Pero se puede culpar de nuestras escasas convicciones religiosas a la inmigración masiva de los musulmanes? Ciertamente, no.

Claro que es más cómodo vivir la fe en una sociedad mayoritariamente cristiana. Pero esta situación contiene también un peligro: puede llevarnos a ser aburguesados, y a considerar el cristianismo como una mera cuestión de etiqueta y costumbre. Una sociedad multicultural, en cambio, en la que se percibe una fuerte influencia de las religiones mundiales, arroja luz sobre la verdad interior de una persona. Revela, en parte, lo que está bajo la superficie. Así encontramos a quienes se dejan arrastrar por el ambiente (haciendo, en el fondo lo mismo que harían bajo un régimen del nacional-catolicismo); y –aparte de muchos otros estilos de vida– vemos también a otros que se esfuerzan por explicar “la razón de su esperanza.” Pueden incluso llegar a tener una fe más profunda y convencida que en “tiempos tranquilos”. Lo testimonian, por ejemplo, aquellos cristianos que se han mantenido fieles en los antiguos países comunistas, o los que pertenecen a la Iglesia (clandestina) de China, de Cuba o de Pakistán. Una amiga argentina contó que ha descubierto el cristianismo justamente en Singapur: no es un Estado totalitario, pero es terriblemente multiculturalista y multiétnico.

Si consideramos la fe cristiana en toda su riqueza, comprendemos que el islam no significa una competencia seria. El Dios de los cristianos no sólo es infinito, omnipotente y grandioso –como Allah–; es a la vez un Padre muy cercano y comprensible, un Padre que ama y perdona, y que nos llama a todos a una felicidad sin fin. Recuerdo unas palabras de San Josemaría que lo expresan de un modo impresionante: “Cuando te vea por primera vez, Dios mío, ¿qué te sabré decir? Callado, esconderé mi frente en tu regazo… y lloraré como cuando era niño. Tus ojos mirarán todas mis llagas… Te contaré después toda mi vida… ¡Aunque ya la conoces! Y Tú para dormirme, lentamente, me contarás un cuento que comienza: érase una vez un hombrecillo de la tierra… y un Dios que le quería con locura.”

¿Se puede vivir cristianamente en una sociedad consumista?

Al escuchar la palabra consumismo, recuerdo una pequeña anécdota. Un niño, llamado Martín, celebró su duodécimo cumpleaños. Para esta ocasión, los padres habían organizado una fiesta; habían invitado a los abuelos, a varios tíos y muchos amigos. Después de las felicitaciones, Martín se encontró rodeado de un montón de paquetes, de todos los tamaños y colores. Sin decir ni una palabra, empezó a deshacer el primero, miró el regalo y lo puso a un lado. Después deshizo el segundo, miró el regalo y lo puso al lado del primero. Así seguía deshaciendo los paquetes en silencio, mientras que los visitantes, cada vez más tensos, formaron un círculo alrededor de él. Martín miró los regalos y los puso a su lado. Por fin le preguntó uno de sus tíos: “¿No te gusta ninguno de nuestros regalos?” Y la respuesta tajante fue: “Si no digo nada, todo está bien.”

Así es la sociedad de consumo. Estamos acostumbrados a tener muchas cosas, y a recibir cada vez más. Esto trae consigo algunos peligros y retos. Pero quiero subrayar una cosa. Nuestra sociedad no me parece mala. Tiene aspectos positivos y negativos como todas las demás. Es la sociedad que nos ha tocado vivir, y yo me siento muy feliz de vivir en ella. Disfruto del internet, y agradezco tener un e-mail; así tengo contacto con personas estupendas en todo el mundo. Algunos pretenden distanciarse de la técnica y de los demás logros tan apasionantes de nuestro tiempo. Otros llegan a negar nuestra civilización; desarrollan un cierto cinismo y difunden un “pesimismo cultural”. Estas actitudes me preocupan. Engendran con frecuencia un clima que apaga cualquier iniciativa, que apenas deja respirar y pensar libremente. Bloquean las aspiraciones nobles de los que se sienten pioneros de un nuevo siglo. Y lo que es más importante: no me parece que se inspiren en la buena nueva de Jesucristo. No dan lugar a un amor auténtico hacia todo lo humano, ni a la alegría profunda de quien se sabe hijo de un Padre omnipotente y misericordioso. No se trata de despreciar los bienes de esta tierra. Se trata más bien de utilizarlos rectamente, con verdadero señorío y libertad, y de ponerlos al servicio de la persona humana, y de Dios. Se trata, en definitiva, de vivir según la dignidad de nuestra naturaleza en la sociedad que nos rodea.

¿Cómo son los hijos de los que fueron atraídos por el antiguo movimiento “hippie”?

La aparición del fenómeno “hippie” fue típica de los tiempos de las revoluciones estudiantiles, que tuvieron lugar alrededor de 1968. Entonces, algunos calificaban a los “hippies” como neomísticos. Su mensaje a la gente de Occidente no era cristiano. Pero no se puede negar que se inspiraba en algunos valores. Rezaba más o menos así: “¡No os dejéis engañar! Las nuevas sociedades consumistas no os traen la libertad tan deseada. Engendran más bien un nuevo tipo de esclavitud, porque os seducen a ataros a un sinfín de cosas superficiales y superfluas…” Los mismos “hippies” cargaron con las consecuencias. Se negaban a acumular riquezas; estaban despreocupados de la construcción de este mundo, deseosos de no insertarse en el sistema, temerosos de que un cambio de estructuras sólo sirviera para llegar a un bienestar material aún mayor. Optaron por una vida alternativa, marcada por el “desprendimiento” optimista, la fiesta y la contemplación. El fenómeno en su traducción religiosa e incluso cristiana, como puede ser el movimiento “Jesus-People”, no se interesó por Jesús porque Él fuera a resolver los problemas socio-políticos (de los que el “hippie” se marginó voluntariamente), sino porque trae la paz al corazón. En otras palabras, consciente o inconscientemente, se buscaba algo que pertenece más bien a la experiencia religiosa.

Los movimientos “hippie” y “Jesus People” han reintroducido en nuestras sociedades algo interesante, que representa además un elemento antisecularizante: es, por un lado, el rechazo de una vida consumista, cómoda y aburguesada y, por el otro, la celebración de las fiestas, la importancia de los ritos. Son estas, sin duda, prácticas importantes, que rompen la monotonía de lo profano. Pero ni los “hippies” ni los “Jesus People” se esforzaron por fundamentar sus prácticas en una teoría. No consiguieron unir sus experiencias espirituales con una doctrina clara. Me parece que esta es la razón por la que no lograron transmitir sus valores a una nueva generación.

Los hijos de los “hippies” ya no rechazan la sociedad consumista, sino que están completamente inmersos en ella. En general no son revoltosos como sus padres. Son “buenos chicos”, les gusta el dinero, y muchos de ellos no se sienten capaces de forjar un futuro, según los resultados de varios estudios europeos. Cada vez más jóvenes se sienten incluso tan a gusto en la casa de sus padres que, a diferencia de las generaciones anteriores, no tienen ganas de salir de ella, independizarse y crear una familia propia. ¿Por qué terminar pronto los estudios y emprender un trabajo remunerado, si se tiene una vida tan fácil y cómoda en la familia de origen? Parece, a veces, que apenas tienen proyectos y metas personales, apenas aspiran a algo que no tenga que ver con el bienestar material, apenas expresan preguntas, inquietudes y preocupaciones.

¿Es más difícil pensar por cuenta propia hoy?

Sí, porque nuestra vida se ha convertido, en muchos sentidos, en un ajetreo continuo. Muchas personas sufren las consecuencias del estrés o de un cansancio crónico. La dureza de la vida profesional, y también las exigencias exageradas de la industria del ocio, traen consigo obligaciones excesivas, así que lo único que se desea por la noche es descansar, distraerse de los problemas cotidianos, y no esforzarse nada más. Todo esto puede llevar a una cierta “enajenación espiritual”, a la superficialidad de una persona que vive sólo en el momento, para las cosas inmediatas. En nuestra sociedad resulta, con frecuencia, muy difícil detenernos a reflexionar.

A la vez, podemos observar una decadencia hacia lo instintivo, lo puramente sensual. Muchas películas, revistas, talkshows, un sinnúmero de páginas web y hasta el mismo lenguaje cotidiano nos lo presentan claramente. Pero una persona que se deja absorber por el materialismo y el sensualismo, se embota y se ciega frente a lo espiritual. Uno puede acostumbrarse a casi todo, incluso a no utilizar su entendimiento para realizar las críticas más elementales y necesarias.

Un exceso de información también puede ser un impedimento para pensar. Vivimos en la era de los medios de comunicación de masas. Recibimos una inmensa cantidad de información. Quien intenta acceder inmediatamente a toda la información de los cinco continentes, quien  no se pierde ninguna tertulia televisiva ni ningún comentario político, o suele ver una película tras otra, puede convertirse en una persona muy superficial. Con frecuencia no tenemos ni tiempo, ni fuerzas suficientes para asimilar toda la información recibida. Además, absorbemos inconscientemente miles de datos, cuando, por ejemplo, nos paseamos por el centro de una ciudad. Será difícil para una persona pensar por libre sin una cierta “actitud distante” con respecto a los medios de información. El escritor ruso Dostoievski afirma: “Estar solo de vez en cuando, es más necesario para una persona normal que comer y beber.”


¿Qué se entiende por “espiritualidad secularizada”?

Mirando la cultura que nos rodea, se suele hablar de los “nuevos dioses” que aparecen en las revistas y películas y, por supuesto, en los medios electrónicos. Son actores y actrices, deportistas, cantantes y otras personalidades de la vida pública -desde Evita, John Lennon o Elvis Presley hasta Madonna, Antonio Banderas, Nicole Kidman, Francisco Ribera, Rafael Nadal, David Bisbal o los grupos sudamericanos Mana y Juanes, y tantos otros-, de los que se ha hecho un ídolo y, después de la muerte, un mito. Se suele hablar, a la vez, de una “nueva espiritualidad secularizada”. Es la espiritualidad del esoterismo, de la New Age y de las visiones orientales del mundo, el fruto de una religiosidad sincretista y pluralista, en la que se adora la naturaleza y las estrellas, y también la salud, la juventud y la belleza. Algunos la ven en la raíz de cualquier fenómeno de moda. Así se oye, por ejemplo, que hasta en el ejercicio físico y en el afán ecológico se manifiesta la “espiritualidad”. El correr es interpretado como un viaje místico, como un ir “más allá” de sí mismo para poner a prueba las capacidades del cuerpo y sacar experiencias espirituales.

Ciertamente, cada vez más personas están dispuestas a realizar auténticos sacrificios para cuidar las plantas o el propio cuerpo. Se dedican diariamente al footing y comen poco más que yoghurt y manzanas, participan con entusiasmo en manifestaciones contra los experimentos con animales y gastan generosamente su tiempo en observar el medio ambiente. Las preocupaciones por la salud y el aire puro dan lugar, además, a varias formas de ascesis y unos rituales estrictos: hay que hacer quince flexiones por la mañana, levantar el tronco treinta veces a mediodía, saltar cincuenta veces sobre el propio terreno por la noche… Todo ello me parece bueno y a veces necesario, por un lado, un poco exagerado, por el otro. Veo en ello un cierto (y flojo) despertar del viejo espíritu “hippie”, con sus ansias hacia una vida sencilla y el rechazo de tantas cosas artificiales. Sin embargo, no sería propio hablar en esos casos de “religión” y de “espiritualidad”. ¿Es posible que el “mantenerse en forma” o conservar el agua limpia se conviertan en el último sentido de la vida? ¿Es aconsejable ver los acontecimientos del mundo sólo bajo las exigencias de la ecología o de la salud? Temo que ese modo de vivir puede disminuir la libertad y llevar a la manía. Y las teorías que fundamentan tales comportamientos, en vez de tener rasgos de religión, pueden tener más bien rasgos ideológicos. Son ciertos signos de desesperación, y muestran lo que pasa cuando Dios está ausente. Tenemos que tener en cuenta que, quien hoy en día adora al Sol o dirige sus rezos hacia la “Madre Tierra”, no es ya el ingenuo creyente de hace más de veinte o treinta siglos, sino el desencantado intelectual y científico. Chesterton dijo con mucho acierto: “Cuando se deja de creer en Dios, ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que entonces se puede creer en cualquier cosa.”

Por otro lado, mirando la cultura contemporánea se puede descubrir que los hombres están ansiosos de lo religioso. Tienen verdadera hambre de creer, aunque esa necesidad sea muchas veces inconsciente. Si no encuentran al Dios trascendente, se crean los dioses de la inmanencia. Pero, junto a ese fenómeno, se puede encontrar también una nostalgia manifiesta del cristianismo, a veces en los sitios más inesperados. Basta pensar en la música rock y en el éxito espectacular de algunos cantantes, que hablan del Dios de los cristianos y de un mañana mejor, de paz y comprensión. El hombre, hoy como antes, se deja fascinar por el mensaje cristiano. No puede quedar satisfecho con una “espiritualidad secularizada” y una “religión pluralista”. Puede, en cambio, llegar a ser feliz siendo un cristiano auténtico en una sociedad secularizada y pluralista.

¿Los matrimonios tienen hoy más dificultades que antes?

Las dificultades parecen ser en nuestros días mayores que en tiempos anteriores. En siglos pasados, con frecuencia, eran los padres y otros familiares los que buscaban a quienes habían de casarse con sus hijos. Lo hacían según aspectos objetivos. Aquellos que iban a casarse, tenían que tener el mismo nivel de vida, más o menos la misma situación económica, la misma religión, etc. La comunidad matrimonial era considerada como una gran empresa. Las grandes familias europeas abarcaban tres generaciones o incluso más. Todos, varones y mujeres, solían trabajar juntos en la granja, en el taller, en la tienda. Y educaban juntos a los niños, que crecían bajo los cuidados de muchos parientes (y empleados, según el caso).

Pero, a partir de la industrialización, hubo un profundo cambio en la vida familiar. Radicales modificaciones sociales llevaron a las generaciones pasadas a una división mayor de los trabajos y más estricta. El hombre se fue retirando de las obligaciones familiares a favor de actividades lucrativas fuera de casa. La mujer se quedó sola en casa con los hijos. Poco a poco, también ella se fue integrando a la vida profesional, ganando dinero y haciéndose cada vez más autónoma. De ahí resultan nuevas cargas para el matrimonio.

No creo que la independencia de la mujer sea el problema de hoy. Al contrario, es una suerte que exista, porque sólo quien es interiormente libre e independiente puede amar y entregarse verdaderamente a los demás. Pero, aparte de esto, la nueva situación trae consigo unos retos específicos. Se habla incluso de una “fragilidad constitucional” del matrimonio moderno. Voy a enumerar brevemente algunas dificultades.

Dos personas se casan hoy, en general, por simpatía y amor; es decir, principalmente por motivos subjetivos y menos objetivos. Esto me parece muy bueno e ideal, si no se dejan completamente de lado los aspectos objetivos, como la cultura, la forma de ver la vida, etc. Pero, en principio, me parece que la única razón aceptable para contraer un matrimonio es el amor: casarse por amor. Sin embargo, hoy en día, no es raro que falten casi todos los motivos objetivos. En este caso, la fidelidad matrimonial es sumamente difícil. Pues, cuando “se acaba el amor”, cuando llega la monotonía cotidiana, hay que perseverar, sin un entorno exterior que sostenga, y sin motivos objetivos que ayuden.

Asimismo, muchas veces, los esposos tienen distintos campos de acción, ya sea en la familia, ya sea en una profesión fuera del hogar. No se ven durante muchas horas del día. Pero sí que tienen contacto con otras personas, hombres y mujeres; y con ellos comparten sus intereses y planes profesionales. Cuando vuelven cansados a casa, ya no tienen fuerzas para dialogar o hacer planes. Así, puede pasar que crezca una distancia cada vez mayor entre los esposos.

Al mismo tiempo, la opinión pública y las costumbres occidentales no protegen el
matrimonio; no ayudan en nada a la fidelidad matrimonial. Incluso se puede decir, sin exagerar, que se hace propaganda de la infidelidad. El adulterio es ensalzado, hasta en las “confidencias” televisivas de algunos altos políticos.

Además, hoy en día, el matrimonio es mucho más prolongado que en tiempos anteriores. Muchas personas llegan a los ochenta, incluso a los noventa y cien años. En los siglos pasados, las mujeres morían con frecuencia después de haber dado a luz a muchos hijos. Hoy, ven crecer a sus hijos, y cuando ellos se van de casa, suelen vivir todavía treinta, cuarenta o cincuenta años. Por lo que, algunos han llegado a decir, que es verdaderamente heroico, en nuestro tiempo, ser fiel a una sola mujer, a un solo varón, durante toda la vida.

Pero a pesar de todos los pronósticos desfavorables, hoy en día la familia sigue siendo apreciada. Ella satisface necesidades tan elementales del hombre – como el anhelo de poseer un hogar, de sentirse protegido y de tener confianza – de tal manera que su existencia no puede ser puesta seriamente en duda, ya que está íntimamente ligada a la felicidad del ser humano.

Brevemente, ¿en qué consiste la ideología de género?

La “ideología de género” se divulga a partir de la década 1960-1970. Según ella, la masculinidad y la feminidad no estarían determinadas fundamentalmente por la biología, sino por la cultura. Mientras que el término sexo hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término género proviene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Las diferencias entre el varón y la mujer no corresponderían, pues, fuera de las obvias diferencias morfológicas, a una naturaleza “dada”, sino que serían meras construcciones culturales “hechas” según los roles y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos: “¡No naces mujer, te hacen mujer!,” afirmaba Simone de Beauvoir ya en el 1949.

Nuestra tarea consiste en buscar una relación adecuada entre sexo y género. Hay una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y espirituales en la persona, una interdependencia entre lo biológico y lo cultural. La actuación tiene una base en la naturaleza y no puede desvincularse completamente de ella.

La cultura, a su vez, tiene que dar una respuesta adecuada a la naturaleza. No debe ser un obstáculo al progreso de las mujeres. Además, el desarrollo de una sociedad depende del empleo de todos los talentos de los ciudadanos. Por tanto, mujeres y varones deben participar en todas las esferas de la vida pública y privada. Los intentos que procuran conseguir esta meta justa a niveles de gobierno político, empresarial, cultural, social y familiar, pueden abordarse bajo el concepto de “perspectiva de género (gender mainstreaming)”, si esta igualdad incluye el derecho a ser diferentes.

“Lleva a tu familia al concierto del año”

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Asunción Espeso (Chuny), antigua alumna de Pinoalbar, es Licenciada en Historia y trabaja en la Diputación como técnico de Desarrollo Rural. Es una joven emprendedora y comprometida con las causas solidarias. Entre otras actividades, trabaja como Secretaria de Harambee en Castilla y León. Desde Harambee Valladolid, colaborando con la Fundación Schola, han organizado un concierto para recabar fondos para esta Asociación.

Chuny, ¿qué es Harambee?

Se trata de un ambicioso plan puesto en marcha con la canonización de san Josemaría Escrivá en el año 2002. Se pretende ayudar a África de una manera diferente: no se trata sólo de dar dinero, comestibles o medicinas de una manera paternalista, sino de apoyar proyectos que ellos propongan, conseguir un contrato para realizarlos y subvencionarlos cuando están acabados, con facturas y con las cuentas claras.

¿Por qué el nombre de Harambee?

Es muy bonito. En swahili significa “todos a una”.

¿Y queréis organizar un concierto en Valladolid?

Sí, nos parece una buena idea para recabar fondos y llegar a muchas personas. El concierto se celebrará en el Auditorio Miguel Delibes de Valladolid.

¿Quién lo organiza?

La fundación Schola en colaboración con otras instituciones y empresas de la región.

¿Es un concierto para “entendidos”?

Ni mucho menos. Le hemos querido dar un carácter popular. Queremos que acudan muchas familias y disfruten con un programa brillante y asequible. Además, la fecha en que se celebra, el 22 de diciembre, tan próxima a la Navidad, facilita este tipo de actos. Queremos que tenga un carácter didáctico, con algunos temas inspirados en el tiempo navideño.

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¿Qué orquestas participan?

La joven Orquesta Ciudad de Valladolid, dirigida por Ernesto Rodríguez Monsalve (por cierto, antiguo alumno de Peñalba); la escuela Ballet de León; varios coros de Valladolid y provincia; la Coral Valparaíso; el Coro Almirante Enríquez, de Medina de Rioseco y, probablemente, la Capilla Clásica.

¿Qué interpretarán?

“El Cascanueces”, de Tchaikovsky; las partes navideñas de “El Mesías”, de Handel; y un fragmento de “La Sinfonía de los juguetes” para terminar cantando un villancico coral.

Es bastante atractivo, tiene buena pinta…

Ya lo creo. Queremos que sea algo entrañable, navideño y, sobre todo, solidario.

A uno le entran ganas de sacar ya las entradas…

Pues ánimo. Los precios serán muy populares, queremos que asistan muchas familias y que los pequeños disfruten también.

¿A qué proyecto concreto van destinados los fondos?

En esta ocasión se destinarán al Centro Médico Monkole, en el Congo. En concreto, el proyecto se dirige a unas 600 madres con niños pequeños, provenientes de las tres zonas rurales de Kinshasa. A estas madres y un millar de niños se las atenderá en tres clínicas, una en cada zona. Todo esto acompañado de varias enseñanzas: costura, artesanía, fabricación de jabón, preparación de pequeños platos locales, actividad en el huerto, además de una amplia formación cultural para mejorar la promoción y dignidad de la mujer.

¿Qué es Monkole?

Un Centro Médico de gran prestigio en el Congo. Desde él se atiende gratuitamente a los habitantes de las zonas más desfavorecidas del país. Se trata de un proyecto ambicioso, muy conocido y arraigado en todo el Congo, totalmente profesionalizado. Su labor es inapreciable. Para explicarlo bien necesitaría otra entrevista completa.

¿Cómo nos animarías a acudir al concierto?

África nos necesita y nosotros necesitamos a África. ¡Hay que llenar el auditorio! Os esperamos. Un buen lema sería: “lleva a tu familia al concierto del año”. Además, es un día de alegrías: la proximidad de la Navidad, el sorteo del Gordo y la esperada llegada por fin del AVE a Valladolid. Yo diría que merece la pena tomar en este caso el AVE de nuestra colaboración para que nos lleve a África. Todos los que estéis interesados podéis conseguir las entradas a través del Colegio o poniéndoos en contacto con Jai (jai@antiguosalumnosdepenalba.org).

 

J. L. G.

Un centenar de sacerdotes debaten sobre “ideología de género” en Valladolid

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El Aula Sacerdotal Esgueva de Valladolid organizó la XV Jornada Teológica en la casa de Convivencias “El Rincón”, situada en la ciudad castellana de Tordesillas. La Jornada contó con más de un centenar de asistentes procedentes de las diócesis de castilla y León. Asistió el obispo emérito de Tenerife, Mons. D. Felipe Fernández.

Este año las conferencias y coloquios trataron sobre la actualidad de la “ideología de género”.

Para el sociólogo Juan Villa, uno de los tres ponentes, la última ideología de la modernidad propone que el género es una construcción cultural, socialmente impuesta, y que subordina la mujer al varón. “Al igual que el feminismo radical –afirmó-, entiende la diferencia como desigualdad intolerable, pero va más lejos: pretende que el género sólo debe ser fruto de una elección individual, se construye en la vida de cada persona (no es algo fijo y estable), y que sólo es posible eliminar la discriminación haciendo desaparecer el género, haciéndolo irrelevante en la vida de las personas y en la organización social: en el mundo laboral, en la educación y en las relaciones humanas, debe desaparecer cualquier diferenciación de género”.

Aún constituyendo un peligro para la fe cristiana, la ideología de género puede ser valorada positivamente, según el canonista Joan Carreras. “En efecto –afirmó”, esta ideología tiene la virtud de llevar a sus últimas consecuencias ciertos planteamientos antropológicos que están en la base de la comprensión jurídica y teológica de la familia durante estos últimos siglos. El dualismo, en cuya virtud la persona es entendida como una “libertad que se autoproyecta”, no es algo exclusivo de esta ideología: se encuentra presente en amplios sectores de la teología moral. El contractualismo, que lleva a reducir el matrimonio a un simple contracto utilitarista, sigue estando vivo en el derecho occidental tanto civil como canónico”.

jardin.jpgPara Carreras, “la ideología de género, en cuanto que desarrolla coherentemente dichos presupuestos antropológicos y jurídicos, puede ser valorada como un desafío a la Teología y al Derecho canónico, porque o bien le invita a seguir la lógica de sus conclusiones o bien le empuja a buscar los fundamentos de la familia en nociones más acordes con su tradición. Concretamente, la noción bíblica de “una sola carne” incluye dos elementos clave con los que los estudiosos pueden hacer frente al desafío de género: la heterosexualidad, como presupuesto antropológico y teológico, y la alianza como causa eficiente del matrimonio, sobre el que se edifica la familia”.

Por su parte, Benigno Blanco, Presidente del Foro Español de la Familia, propuso a los presentes cuatro modos de contrarrestar esta ideología. En primer lugar, animando a conocer todo lo relativo a esta cuestión informándose adecuadamente. En segundo lugar, hablar con muchas personas sobre el contenido y manifestaciones sociales y culturales de la misma. Una tercera línea de acción podría ser la de fomentar una visión sana de la familia presentando modelos en que aparezca claramente la familia natural: una madre, un padre y unos hijos. Insistió en que la difusión de estos modelos es algo muy atractivo y que todos se sienten estimulados a secundarlos. Otra posible línea sería la de fomentar diferentes iniciativas sociales venciendo toda clase de pasividad.

La Jornada concluyó con una animada mesa redonda en la que los asistentes formularon preguntas a los tres conferenciantes.

El Aula Sacerdotal Esgueva es un Centro vallisoletano impulsado por la Sociedad Sacerdotal de Santa Cruz.

“Recuerdo Valladolid con añoranza. Fueron años decisivos para mi vida”

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Rafael Echeverría Arruabarrena nació en Irún en 1928, estudió Derecho y se doctoró en Valladolid. Fue profesor de Ciencia Política en esta Universidad y en la de Navarra. Pidió la admisión en el Opus Dei en el año 1948. Fue ordenado sacerdote en 1964. Desde esa fecha hasta el 2005 ha residido en Francia. Actualmente vive en Santander. Acaba de publicar el libro “Por qué soy cristiano”.

 

 

D. Rafael, ¿qué le ha traído a Valladolid?

 

Después de cincuenta años de ausencia he querido recordar los años tan estupendos que pasé en Valladolid. He venido fundamentalmente a ver a algunos compañeros de curso de aquellos tiempos, como el catedrático de Derecho Mercantil y exrector de la Universidad, Justino Duque y Ángel Torío, catedrático de Derecho Penal. Me ha dado una gran alegría estar de nuevo con ellos y recordar aquellos años.

 

¿Cómo ha encontrado la ciudad?

 

Me he llevado una gran sorpresa. En algunos aspectos está irreconocible –es una gran ciudad- después de tanto tiempo. Pero hay edificios y estancias que se conservan casi como en aquella época. Durante estos años he sentido gran añoranza por esta tierra.

 

¿Por qué estudió aquí la carrera?

 

Entonces no había Universidad en Bilbao. Existía Deusto, pero había que venir a examinarse aquí al final de carrera para obtener el título oficial. Aquí viví en el Colegio Mayor Santacruz. Formaba parte de una coral compuesta por diez universitarios. Cantábamos en el ámbito universitario. Un día estábamos ensayando un requiem en la capilla del Santacruz cuando comenzó a llegar gente para un fueneral. Nos pidieron que lo cantáramos en la ceremonia y así lo hicimos.

 

Parece que fueron años decisivos en su vida…

 

Ya te puedes imaginar. Aquí hice la carrera y el doctorado y luego fui profesor. Son tiempos que quedan grabados para siempre. Además en esos años pedí la admisión en el Opus Dei al que me he entregado en cuerpo y alma toda mi vida. Recibir aquella vocación fue una gran dicha para mí y ha sido lo que ha dado pleno sentido a toda mi existencia.

 

¿Estaba ya entonces muy difundido el Opus Dei?

 

En aquellos tiempos había un solo Centro de 100 metros cuadrados en la calle Montero Calvo, se llamaba “El Rincón”. Me he quedado muy impresionado al saber que ahora hay cerca de una treintena de centros y que cientos de personas acuden a medios de formación que proporciona la Obra.

 

¿Conoció al Fundador del Opus Dei?

 

Tuve la suerte de estar con él en algunas ocasiones. Era una persona que producía una fuerte impresión. Tenía una personalidad muy acentuada, con gran firmeza de carácter compaginada con un enorme cariño y proximidad con todo el mundo. Era muy humano. Además tenía un profundo sentido espiritual. Trataba a Dios de un modo muy directo –y así nos enseñaba a tratarle-, con gran confianza y familiaridad. Es lógico que la Iglesia lo haya canonizado. Me siento un privilegiado por haber tenido la oportunidad de conocer a un santo.

 

Tras ordenarse marchó a Francia…

 

Eran años de expansión de la Obra (hoy también lo siguen siendo). Allí he vivido –sobre todo en París- desde el año 1964 al 2005. No sé si puede ser poco delicado si te digo que me siento muy francés. San Josemaría nos pedía que nos integráramos completamente en los países a los que íbamos, sintiéndonos tan ciudadanos como los nacidos allí.

 

Acaba de publicar el libro “Por qué soy cristiano”, ¿a qué se debe?

 

El libro es un esfuerzo para que quienes se dicen ateos encuentren argumentos que les convenzan de la existencia de Dios; para que los que creen en Dios se reafirmen en esta rica creencia; para que los que aceptan la existencia de Dios sepan y crean que Dios Hijo se hizo hombre para hacer de nosotros hijos de Dios y para que sepamos todos que Jesucristo dejó en la tierra ese trasunto suyo, que es la Iglesia, para conducirnos a Dios.

 

Nada más, D. Rafael, muchas gracias

 

Gracias a vosotros.