Cigales en un hombre universal

(Artículo publicado en El Norte de Castilla el 29/04/14)

Hace 75 años

Álvaro del Portillo, próximo Beato

Álvaro del Portillo, próximo Beato

Por Jose Luis Martínez López-Muñiz (Catedrático de derecho Administrativo)

Los primeros meses de 1939 quedaron para siempre marcados en la vida de aquel joven Ayudante de Obras Públicas, de 25 años, obligado por la guerra a interrumpir sus estudios de ingeniería de caminos, y destinado, como reciente Alférez, a mandar una compañía del Arma de ingenieros acantonada en Cigales, integrada en un regimiento que habría de dedicarse a la reconstrucción de puentes e infraestructuras dañadas por la conflagración civil que venía sufriendo España desde hacía dos años y medio. Había quedado atrás para él una durísima etapa, tras pasarse a la Meseta norte por los montes de Guadalajara en octubre de 1938 como único medio de acabar con el permanente riesgo de perder su vida en el Madrid de la guerra, queriendo como quería vivir como católico. En el otoño había recibido en Fuentes Blancas, en Burgos, un curso intensivo de formación militar que le había convertido en Alférez provisional en diciembre.

Álvaro del Portillo había conocido a San Josemaría Escrivá de Balaguer cuatro años antes, en 1935, en la Residencia de Estudiantes que el entonces incipiente Opus Dei dirigía en la calle Ferraz de Madrid. Un día de primeros de julio de aquel año, fuertemente impactado por la autenticidad cristiana del Fundador y tras madura pero rápida reflexión, pidió incorporarse a aquel proyecto innovador, decidiendo dedicar su vida entera, en celibato, a vivir y difundir el mensaje de la llamada universal a la santidad, a la plenitud cristiana, en medio del mundo, cada uno en su vida ordinaria y corriente. Las difíciles circunstancias del Madrid en guerra no hicieron sino consolidarle en su decisión. En octubre de 1938 había vuelto a reunirse en Burgos con San Josemaría, quien a su vez había salido de la zona republicana por el Pirineo en noviembre-diciembre de 1937. Durante su estancia en Cigales, Álvaro del Portillo recibiría más de una visita de San Josemaría desde Burgos o se encontraría con él en Valladolid, bajando a caballo hasta la capital.

La vida del Alférez de Ingenieros se desarrolló en Cigales con toda normalidad, sin que nada externo hiciera ostensible lo que él llevaba en su alma, ni permitiera sospechar siquiera la dimensión universal que alcanzaría su vida. Tras concluir aceleradamente sus estudios de Ingeniería de Caminos al término de la guerra y unos pocos años de ejercicio profesional, en 1944 fue uno de los tres primeros que fueron ordenados sacerdotes del Opus Dei. Desde 1947 fijaría su residencia en Roma, junto a San Josemaría, de quien fue ya siempre su más inmediato apoyo hasta su muerte en 1975. Le sucedió entonces al frente del Opus Dei y fue así el primer Obispo Prelado de esta Prelatura de la Iglesia Católica hasta su muerte en Roma en las primeras horas del 23 de marzo de 1994, cuando, con sus recién cumplidos ochenta, acababa de regresar de Israel, donde había gozado recorriendo los principales lugares vinculados a la vida de Jesucristo y había celebrado su última Misa en Jerusalén casi en el mismo lugar de la última Cena en que se instituyó la Eucaristía.

Tuvo varios cargos de responsabilidad en la Santa Sede ya desde los años cincuenta y fue una de las personalidades más relevantes en el trabajo organizativo y redaccional en el Concilio Vaticano II. Fuera del Papa Juan Pablo II, no será fácil identificar en el siglo XX una personalidad de cualquier tipo que haya reunido a tantos millares de personas de toda índole en los cinco continentes para escucharle en auditorios y reuniones al aire libre. Hay grabaciones que muestran esas reuniones –siempre de tono distendido y alegre, aunque algunas fuesen muy masivas- en los sitios más dispares: lo mismo en Filipinas o Sidney, que en Kenia o Nigeria, en California o en Chicago, en diversas ciudades de México o de la gran mayoría de los países americanos o en una buena parte de los europeos.

Pocos se dieron cuenta en Cigales –algunos sí, como narra alguno de sus biógrafos- que el Alférez del Portillo se las arreglaba para ir cada día a Misa. Pasaría más inadvertido aún su empeño por dedicar a Dios además cada día unos buenos ratos de oración de madrugada y por la tarde, o por rezar asimismo el Rosario. Lo que sí se apreciaba era su buen trato con todos, la atención a los enfermos, su espíritu resuelto, su reciedumbre, su conversación amena, interesante y atractiva, que denotaba alegría de vivir, realismo, sencillez e inteligencia, así como interés positivo por los demás. Trataba también de aprovechar el tiempo del mejor modo, sin agobiar a nadie, combinando sus obligaciones de oficial con su Compañía con la lectura y el estudio de idiomas y el ejercicio físico, montando a caballo y caminando con otros.

Siempre guardó Álvaro del Portillo en su corazón un afectuoso recuerdo de su corta etapa en Cigales, que él vivió intensamente como todos los tramos de su vida. Lo recordaba no infrecuentemente y lo hizo especialmente cuando pudo estar un par de días en Valladolid en el verano de 1987, lejos ya de aquellos años cuarenta en los que vino muchas veces a esta ciudad.

Recorrer la campiña de Cigales en un día soleado de marzo como no han faltado este año, avistando desde su altura la hondonada del Pisuerga, con los páramos que cierran su valle por el sureste, enmarcando a Cabezón y a la torre de su iglesia, con los almendros cuajados en flor, tras el duro invierno, ayuda a rememorar el ambiente que pudo vivir aquel desconocido joven estudiante de ingeniería que habría de dejar rastro universal. La oportunidad de estar luego un rato en la magnífica iglesia de Santiago que quien fuera Obispo de Guadalajara, en el Jalisco mexicano, hiciera construir para el pueblo, invita a dar gracias a Dios por la vida de este madrileño, de madre mexicana, que tanto bien ha hecho a tantas gentes de todo tipo en todo el mundo y que la Iglesia va a beatificar en Madrid el próximo veintisiete de septiembre. Aunque su nombre es cada vez más célebre por la calidad de sus vinos, serán millares o millones de personas de todo el mundo a lo largo de los tiempos las que oirán quizás hablar de Cigales al conocer los detalles de la vida ejemplar de Álvaro del Portillo, por más que no pocos se habrán preguntado ya por ese lugar al toparse alguna referencia en las biografías sobre San Josemaría que dan cuenta de sus encuentros con aquél por estos pagos.

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