Jutta Burggraf: “El hombre, hoy como antes, se deja fascinar por el mensaje cristiano”

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Jutta Burggraf es profesora de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Ha participado recientemente en Valladolid en un Ciclo de Conferencias sobre la Familia. Su conferencia versó sobre la ideología de género.  En esta entrevista aborda temas de gran interés en la actualidad.

¿La creciente presencia de musulmanes en Europa no es un peligro para la fe de los cristianos europeos?

Efectivamente, muchos europeos han dejado de lado sus creencias cristianas, incluso las más elementales. Recuerdo un artículo de una revista alemana que afirmó: “Sólo 60% de los católicos creen en la existencia de Dios.” ¿Pero se puede culpar de nuestras escasas convicciones religiosas a la inmigración masiva de los musulmanes? Ciertamente, no.

Claro que es más cómodo vivir la fe en una sociedad mayoritariamente cristiana. Pero esta situación contiene también un peligro: puede llevarnos a ser aburguesados, y a considerar el cristianismo como una mera cuestión de etiqueta y costumbre. Una sociedad multicultural, en cambio, en la que se percibe una fuerte influencia de las religiones mundiales, arroja luz sobre la verdad interior de una persona. Revela, en parte, lo que está bajo la superficie. Así encontramos a quienes se dejan arrastrar por el ambiente (haciendo, en el fondo lo mismo que harían bajo un régimen del nacional-catolicismo); y –aparte de muchos otros estilos de vida– vemos también a otros que se esfuerzan por explicar “la razón de su esperanza.” Pueden incluso llegar a tener una fe más profunda y convencida que en “tiempos tranquilos”. Lo testimonian, por ejemplo, aquellos cristianos que se han mantenido fieles en los antiguos países comunistas, o los que pertenecen a la Iglesia (clandestina) de China, de Cuba o de Pakistán. Una amiga argentina contó que ha descubierto el cristianismo justamente en Singapur: no es un Estado totalitario, pero es terriblemente multiculturalista y multiétnico.

Si consideramos la fe cristiana en toda su riqueza, comprendemos que el islam no significa una competencia seria. El Dios de los cristianos no sólo es infinito, omnipotente y grandioso –como Allah–; es a la vez un Padre muy cercano y comprensible, un Padre que ama y perdona, y que nos llama a todos a una felicidad sin fin. Recuerdo unas palabras de San Josemaría que lo expresan de un modo impresionante: “Cuando te vea por primera vez, Dios mío, ¿qué te sabré decir? Callado, esconderé mi frente en tu regazo… y lloraré como cuando era niño. Tus ojos mirarán todas mis llagas… Te contaré después toda mi vida… ¡Aunque ya la conoces! Y Tú para dormirme, lentamente, me contarás un cuento que comienza: érase una vez un hombrecillo de la tierra… y un Dios que le quería con locura.”

¿Se puede vivir cristianamente en una sociedad consumista?

Al escuchar la palabra consumismo, recuerdo una pequeña anécdota. Un niño, llamado Martín, celebró su duodécimo cumpleaños. Para esta ocasión, los padres habían organizado una fiesta; habían invitado a los abuelos, a varios tíos y muchos amigos. Después de las felicitaciones, Martín se encontró rodeado de un montón de paquetes, de todos los tamaños y colores. Sin decir ni una palabra, empezó a deshacer el primero, miró el regalo y lo puso a un lado. Después deshizo el segundo, miró el regalo y lo puso al lado del primero. Así seguía deshaciendo los paquetes en silencio, mientras que los visitantes, cada vez más tensos, formaron un círculo alrededor de él. Martín miró los regalos y los puso a su lado. Por fin le preguntó uno de sus tíos: “¿No te gusta ninguno de nuestros regalos?” Y la respuesta tajante fue: “Si no digo nada, todo está bien.”

Así es la sociedad de consumo. Estamos acostumbrados a tener muchas cosas, y a recibir cada vez más. Esto trae consigo algunos peligros y retos. Pero quiero subrayar una cosa. Nuestra sociedad no me parece mala. Tiene aspectos positivos y negativos como todas las demás. Es la sociedad que nos ha tocado vivir, y yo me siento muy feliz de vivir en ella. Disfruto del internet, y agradezco tener un e-mail; así tengo contacto con personas estupendas en todo el mundo. Algunos pretenden distanciarse de la técnica y de los demás logros tan apasionantes de nuestro tiempo. Otros llegan a negar nuestra civilización; desarrollan un cierto cinismo y difunden un “pesimismo cultural”. Estas actitudes me preocupan. Engendran con frecuencia un clima que apaga cualquier iniciativa, que apenas deja respirar y pensar libremente. Bloquean las aspiraciones nobles de los que se sienten pioneros de un nuevo siglo. Y lo que es más importante: no me parece que se inspiren en la buena nueva de Jesucristo. No dan lugar a un amor auténtico hacia todo lo humano, ni a la alegría profunda de quien se sabe hijo de un Padre omnipotente y misericordioso. No se trata de despreciar los bienes de esta tierra. Se trata más bien de utilizarlos rectamente, con verdadero señorío y libertad, y de ponerlos al servicio de la persona humana, y de Dios. Se trata, en definitiva, de vivir según la dignidad de nuestra naturaleza en la sociedad que nos rodea.

¿Cómo son los hijos de los que fueron atraídos por el antiguo movimiento “hippie”?

La aparición del fenómeno “hippie” fue típica de los tiempos de las revoluciones estudiantiles, que tuvieron lugar alrededor de 1968. Entonces, algunos calificaban a los “hippies” como neomísticos. Su mensaje a la gente de Occidente no era cristiano. Pero no se puede negar que se inspiraba en algunos valores. Rezaba más o menos así: “¡No os dejéis engañar! Las nuevas sociedades consumistas no os traen la libertad tan deseada. Engendran más bien un nuevo tipo de esclavitud, porque os seducen a ataros a un sinfín de cosas superficiales y superfluas…” Los mismos “hippies” cargaron con las consecuencias. Se negaban a acumular riquezas; estaban despreocupados de la construcción de este mundo, deseosos de no insertarse en el sistema, temerosos de que un cambio de estructuras sólo sirviera para llegar a un bienestar material aún mayor. Optaron por una vida alternativa, marcada por el “desprendimiento” optimista, la fiesta y la contemplación. El fenómeno en su traducción religiosa e incluso cristiana, como puede ser el movimiento “Jesus-People”, no se interesó por Jesús porque Él fuera a resolver los problemas socio-políticos (de los que el “hippie” se marginó voluntariamente), sino porque trae la paz al corazón. En otras palabras, consciente o inconscientemente, se buscaba algo que pertenece más bien a la experiencia religiosa.

Los movimientos “hippie” y “Jesus People” han reintroducido en nuestras sociedades algo interesante, que representa además un elemento antisecularizante: es, por un lado, el rechazo de una vida consumista, cómoda y aburguesada y, por el otro, la celebración de las fiestas, la importancia de los ritos. Son estas, sin duda, prácticas importantes, que rompen la monotonía de lo profano. Pero ni los “hippies” ni los “Jesus People” se esforzaron por fundamentar sus prácticas en una teoría. No consiguieron unir sus experiencias espirituales con una doctrina clara. Me parece que esta es la razón por la que no lograron transmitir sus valores a una nueva generación.

Los hijos de los “hippies” ya no rechazan la sociedad consumista, sino que están completamente inmersos en ella. En general no son revoltosos como sus padres. Son “buenos chicos”, les gusta el dinero, y muchos de ellos no se sienten capaces de forjar un futuro, según los resultados de varios estudios europeos. Cada vez más jóvenes se sienten incluso tan a gusto en la casa de sus padres que, a diferencia de las generaciones anteriores, no tienen ganas de salir de ella, independizarse y crear una familia propia. ¿Por qué terminar pronto los estudios y emprender un trabajo remunerado, si se tiene una vida tan fácil y cómoda en la familia de origen? Parece, a veces, que apenas tienen proyectos y metas personales, apenas aspiran a algo que no tenga que ver con el bienestar material, apenas expresan preguntas, inquietudes y preocupaciones.

¿Es más difícil pensar por cuenta propia hoy?

Sí, porque nuestra vida se ha convertido, en muchos sentidos, en un ajetreo continuo. Muchas personas sufren las consecuencias del estrés o de un cansancio crónico. La dureza de la vida profesional, y también las exigencias exageradas de la industria del ocio, traen consigo obligaciones excesivas, así que lo único que se desea por la noche es descansar, distraerse de los problemas cotidianos, y no esforzarse nada más. Todo esto puede llevar a una cierta “enajenación espiritual”, a la superficialidad de una persona que vive sólo en el momento, para las cosas inmediatas. En nuestra sociedad resulta, con frecuencia, muy difícil detenernos a reflexionar.

A la vez, podemos observar una decadencia hacia lo instintivo, lo puramente sensual. Muchas películas, revistas, talkshows, un sinnúmero de páginas web y hasta el mismo lenguaje cotidiano nos lo presentan claramente. Pero una persona que se deja absorber por el materialismo y el sensualismo, se embota y se ciega frente a lo espiritual. Uno puede acostumbrarse a casi todo, incluso a no utilizar su entendimiento para realizar las críticas más elementales y necesarias.

Un exceso de información también puede ser un impedimento para pensar. Vivimos en la era de los medios de comunicación de masas. Recibimos una inmensa cantidad de información. Quien intenta acceder inmediatamente a toda la información de los cinco continentes, quien  no se pierde ninguna tertulia televisiva ni ningún comentario político, o suele ver una película tras otra, puede convertirse en una persona muy superficial. Con frecuencia no tenemos ni tiempo, ni fuerzas suficientes para asimilar toda la información recibida. Además, absorbemos inconscientemente miles de datos, cuando, por ejemplo, nos paseamos por el centro de una ciudad. Será difícil para una persona pensar por libre sin una cierta “actitud distante” con respecto a los medios de información. El escritor ruso Dostoievski afirma: “Estar solo de vez en cuando, es más necesario para una persona normal que comer y beber.”


¿Qué se entiende por “espiritualidad secularizada”?

Mirando la cultura que nos rodea, se suele hablar de los “nuevos dioses” que aparecen en las revistas y películas y, por supuesto, en los medios electrónicos. Son actores y actrices, deportistas, cantantes y otras personalidades de la vida pública -desde Evita, John Lennon o Elvis Presley hasta Madonna, Antonio Banderas, Nicole Kidman, Francisco Ribera, Rafael Nadal, David Bisbal o los grupos sudamericanos Mana y Juanes, y tantos otros-, de los que se ha hecho un ídolo y, después de la muerte, un mito. Se suele hablar, a la vez, de una “nueva espiritualidad secularizada”. Es la espiritualidad del esoterismo, de la New Age y de las visiones orientales del mundo, el fruto de una religiosidad sincretista y pluralista, en la que se adora la naturaleza y las estrellas, y también la salud, la juventud y la belleza. Algunos la ven en la raíz de cualquier fenómeno de moda. Así se oye, por ejemplo, que hasta en el ejercicio físico y en el afán ecológico se manifiesta la “espiritualidad”. El correr es interpretado como un viaje místico, como un ir “más allá” de sí mismo para poner a prueba las capacidades del cuerpo y sacar experiencias espirituales.

Ciertamente, cada vez más personas están dispuestas a realizar auténticos sacrificios para cuidar las plantas o el propio cuerpo. Se dedican diariamente al footing y comen poco más que yoghurt y manzanas, participan con entusiasmo en manifestaciones contra los experimentos con animales y gastan generosamente su tiempo en observar el medio ambiente. Las preocupaciones por la salud y el aire puro dan lugar, además, a varias formas de ascesis y unos rituales estrictos: hay que hacer quince flexiones por la mañana, levantar el tronco treinta veces a mediodía, saltar cincuenta veces sobre el propio terreno por la noche… Todo ello me parece bueno y a veces necesario, por un lado, un poco exagerado, por el otro. Veo en ello un cierto (y flojo) despertar del viejo espíritu “hippie”, con sus ansias hacia una vida sencilla y el rechazo de tantas cosas artificiales. Sin embargo, no sería propio hablar en esos casos de “religión” y de “espiritualidad”. ¿Es posible que el “mantenerse en forma” o conservar el agua limpia se conviertan en el último sentido de la vida? ¿Es aconsejable ver los acontecimientos del mundo sólo bajo las exigencias de la ecología o de la salud? Temo que ese modo de vivir puede disminuir la libertad y llevar a la manía. Y las teorías que fundamentan tales comportamientos, en vez de tener rasgos de religión, pueden tener más bien rasgos ideológicos. Son ciertos signos de desesperación, y muestran lo que pasa cuando Dios está ausente. Tenemos que tener en cuenta que, quien hoy en día adora al Sol o dirige sus rezos hacia la “Madre Tierra”, no es ya el ingenuo creyente de hace más de veinte o treinta siglos, sino el desencantado intelectual y científico. Chesterton dijo con mucho acierto: “Cuando se deja de creer en Dios, ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que entonces se puede creer en cualquier cosa.”

Por otro lado, mirando la cultura contemporánea se puede descubrir que los hombres están ansiosos de lo religioso. Tienen verdadera hambre de creer, aunque esa necesidad sea muchas veces inconsciente. Si no encuentran al Dios trascendente, se crean los dioses de la inmanencia. Pero, junto a ese fenómeno, se puede encontrar también una nostalgia manifiesta del cristianismo, a veces en los sitios más inesperados. Basta pensar en la música rock y en el éxito espectacular de algunos cantantes, que hablan del Dios de los cristianos y de un mañana mejor, de paz y comprensión. El hombre, hoy como antes, se deja fascinar por el mensaje cristiano. No puede quedar satisfecho con una “espiritualidad secularizada” y una “religión pluralista”. Puede, en cambio, llegar a ser feliz siendo un cristiano auténtico en una sociedad secularizada y pluralista.

¿Los matrimonios tienen hoy más dificultades que antes?

Las dificultades parecen ser en nuestros días mayores que en tiempos anteriores. En siglos pasados, con frecuencia, eran los padres y otros familiares los que buscaban a quienes habían de casarse con sus hijos. Lo hacían según aspectos objetivos. Aquellos que iban a casarse, tenían que tener el mismo nivel de vida, más o menos la misma situación económica, la misma religión, etc. La comunidad matrimonial era considerada como una gran empresa. Las grandes familias europeas abarcaban tres generaciones o incluso más. Todos, varones y mujeres, solían trabajar juntos en la granja, en el taller, en la tienda. Y educaban juntos a los niños, que crecían bajo los cuidados de muchos parientes (y empleados, según el caso).

Pero, a partir de la industrialización, hubo un profundo cambio en la vida familiar. Radicales modificaciones sociales llevaron a las generaciones pasadas a una división mayor de los trabajos y más estricta. El hombre se fue retirando de las obligaciones familiares a favor de actividades lucrativas fuera de casa. La mujer se quedó sola en casa con los hijos. Poco a poco, también ella se fue integrando a la vida profesional, ganando dinero y haciéndose cada vez más autónoma. De ahí resultan nuevas cargas para el matrimonio.

No creo que la independencia de la mujer sea el problema de hoy. Al contrario, es una suerte que exista, porque sólo quien es interiormente libre e independiente puede amar y entregarse verdaderamente a los demás. Pero, aparte de esto, la nueva situación trae consigo unos retos específicos. Se habla incluso de una “fragilidad constitucional” del matrimonio moderno. Voy a enumerar brevemente algunas dificultades.

Dos personas se casan hoy, en general, por simpatía y amor; es decir, principalmente por motivos subjetivos y menos objetivos. Esto me parece muy bueno e ideal, si no se dejan completamente de lado los aspectos objetivos, como la cultura, la forma de ver la vida, etc. Pero, en principio, me parece que la única razón aceptable para contraer un matrimonio es el amor: casarse por amor. Sin embargo, hoy en día, no es raro que falten casi todos los motivos objetivos. En este caso, la fidelidad matrimonial es sumamente difícil. Pues, cuando “se acaba el amor”, cuando llega la monotonía cotidiana, hay que perseverar, sin un entorno exterior que sostenga, y sin motivos objetivos que ayuden.

Asimismo, muchas veces, los esposos tienen distintos campos de acción, ya sea en la familia, ya sea en una profesión fuera del hogar. No se ven durante muchas horas del día. Pero sí que tienen contacto con otras personas, hombres y mujeres; y con ellos comparten sus intereses y planes profesionales. Cuando vuelven cansados a casa, ya no tienen fuerzas para dialogar o hacer planes. Así, puede pasar que crezca una distancia cada vez mayor entre los esposos.

Al mismo tiempo, la opinión pública y las costumbres occidentales no protegen el
matrimonio; no ayudan en nada a la fidelidad matrimonial. Incluso se puede decir, sin exagerar, que se hace propaganda de la infidelidad. El adulterio es ensalzado, hasta en las “confidencias” televisivas de algunos altos políticos.

Además, hoy en día, el matrimonio es mucho más prolongado que en tiempos anteriores. Muchas personas llegan a los ochenta, incluso a los noventa y cien años. En los siglos pasados, las mujeres morían con frecuencia después de haber dado a luz a muchos hijos. Hoy, ven crecer a sus hijos, y cuando ellos se van de casa, suelen vivir todavía treinta, cuarenta o cincuenta años. Por lo que, algunos han llegado a decir, que es verdaderamente heroico, en nuestro tiempo, ser fiel a una sola mujer, a un solo varón, durante toda la vida.

Pero a pesar de todos los pronósticos desfavorables, hoy en día la familia sigue siendo apreciada. Ella satisface necesidades tan elementales del hombre – como el anhelo de poseer un hogar, de sentirse protegido y de tener confianza – de tal manera que su existencia no puede ser puesta seriamente en duda, ya que está íntimamente ligada a la felicidad del ser humano.

Brevemente, ¿en qué consiste la ideología de género?

La “ideología de género” se divulga a partir de la década 1960-1970. Según ella, la masculinidad y la feminidad no estarían determinadas fundamentalmente por la biología, sino por la cultura. Mientras que el término sexo hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término género proviene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Las diferencias entre el varón y la mujer no corresponderían, pues, fuera de las obvias diferencias morfológicas, a una naturaleza “dada”, sino que serían meras construcciones culturales “hechas” según los roles y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos: “¡No naces mujer, te hacen mujer!,” afirmaba Simone de Beauvoir ya en el 1949.

Nuestra tarea consiste en buscar una relación adecuada entre sexo y género. Hay una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y espirituales en la persona, una interdependencia entre lo biológico y lo cultural. La actuación tiene una base en la naturaleza y no puede desvincularse completamente de ella.

La cultura, a su vez, tiene que dar una respuesta adecuada a la naturaleza. No debe ser un obstáculo al progreso de las mujeres. Además, el desarrollo de una sociedad depende del empleo de todos los talentos de los ciudadanos. Por tanto, mujeres y varones deben participar en todas las esferas de la vida pública y privada. Los intentos que procuran conseguir esta meta justa a niveles de gobierno político, empresarial, cultural, social y familiar, pueden abordarse bajo el concepto de “perspectiva de género (gender mainstreaming)”, si esta igualdad incluye el derecho a ser diferentes.

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